-¿Alguna vez pensaste en la muerte?
Se encontraba a la derecha de la castaña, cabizbajo, mirando la nada misma, la inmensidad que se extendía frente a su par de ojos negros. Sentados con las piernas colgando hacia el abismo, hacia la muerte inminente y con el resto del cuerpo bien asentado sobre ese frío cemento. Ella miró hacia el ocaso que se formaba ante sus ojos. No podía observar lo que le deparaba allí abajo, donde todo podía terminar ahora mismo. Clavo su mirada atónita en la del muchacho, quien sonrió con un poco de sarcasmo.
-¿En la muerte de quién? – Preguntó ingenuamente.
-En la tuya. En la mía. ¿Te atreverías a morir conmigo, ahora, en este momento?
-¿Por qué quieres morir?
Una mezcla de arrepentimiento se asomo en el fondo de los ojos de aquel hombre. No podía explicarle de forma sencilla el porqué. No quería nada más que tirarse desde ese precipicio tomado de la mano de ella. Solo eso le daba seguridad. Solo eso lo hacía sentir vivo aún estando sumergido en la mismísima muerte desde que nació.
-Porque no encuentro razones para seguir inhalando y exhalando aire.
Esa respuesta fue como un gran vaso de agua helada en el rostro inexpresivo de aquella mujer. Eso quería decir que ella no era suficiente razón para conservar la vida. No era nada. No significaba nada. Estaba desbordada, quería irse. Encendió un cigarro y exhalo el humo por su nariz recta. Quería parecer indiferente y no lo estaba logrando.
-¿Para qué me llamaste, Ariel?
-Para ponerte a prueba.
No entendía. La frase que salió disparada de la boca de él no conseguía entrar en su cabeza, no conseguía procesarla y sacarle sentido alguno. Se quedó callada, esperando que él se explicase.
-Hace un tiempo, dijiste que me amabas. Que sin mí nada sería igual. Eso dijiste cuando yo intentaba auto flagelarme nuevamente.
Seguía sin comprender. Eso era cierto: él estaba en la bañera e intentaba lastimarse cada parte de su cuerpo delgado. Sus facciones se volvieron duras en aquel momento. Sus ojos se profundizaron más hasta llegar a parecer dos pozos de largo trayecto. Ella se confesó allí mismo, en ese baño lleno de males. Le dijo que si él se mataba, ella lo haría detrás de él. Esto había asustado al rubio momentáneamente, desequilibrándolo. La hizo callar, le dijo que ella era una tonta todavía, que no lo amaba, que solo estaba confundida. Y ella le pegó. Le dijo que tenía en claro que sentida y salió disparada hacia la salida.
-¿Qué tiene que ver eso en este momento?
-Tiene mucho que ver, Nerea. Ahora solo resta preguntarte algo: ¿serías capaz de morir conmigo? De morir por mí.
-Déjate de juegos de niños. Nadie se morirá aquí.
-¿Cómo sabes que sigues viva?
Nuevamente el intentaba convencerla. Marearla, confundirla, manipularla. Siempre hacía eso. Siempre.
-¿Para qué demonios quieres saber eso, imbécil?
-Porque quiero morir. Y solo tú despiertas esa valentía dormida dentro de mí; solo estando a tu lado puedo tomar semejante decisión: morir.
Ella no era tonta. Comprendía todo… la estaba utilizando, otra vez. Siempre fue un juguete, siempre fue un objeto de su diversión. Nada más. Invitarla a morir con él era otra de las tantas pruebas: no le importaba, no la amaba como ella a él.
-¿Tan cínico puedes llegar a ser? Te estás aprovechando de mis sentimientos para utilizarlos para tu propio bien. ¿En dónde quedo yo parada en todo esto, Ariel?
-Quiero que mueras conmigo. Quiero que lo hagas porque sí sigues viva lo único que haces es incitarme a vivir contigo, a vivir por ti. Para protegerte, para defenderte. ¡Quiero morir! Y tú… tú me lo impides.
La congeló. La congeló con su mirada llena de oscuridad, de resentimiento, de angustia consumida, de verdades ocultas. La congeló con sus palabras que dejaron, por lo contario, marcas de fuego sobre ella. Le estaba demostrando que si le importaba, que si la quería y, después de todo, que ella lo mantenía con vida.
-¿Vamos a hacerlo juntos, Ariel?
Esa pregunta lo sorprendió. Ariel, antes dándole la espalda con solo su mirada a Nerea, se dio vuelta dando un respingo. Esperaba que se levantara y se fuera, que huyera de su lado, que corriera en brazos de otro hombre, esperaba que hasta lo tirara ella misma pero… ante toda estadística, ella no dudaba. Ella quería hacerlo por él.
-Siempre juntos, Nerea.
Tomó delicadamente su mano derecha y la presionó con su mano izquierda. Se paró sobre ese pequeño cimiento e invitó a Nerea a hacerlo con él. Ya había caído la noche y con ella, las luces de la ciudad de habían prendido todas juntas ante los ojos de aquellos dos enamorados del odio. La brisa cálida jugaba con el cabello ya despeinado de Nerea. Su vestido blanco volaba de un lado al otro. Clavó sus ojos en lo de Ariel y supo, en ese momento, que haría todo por él. Incluso matarse. Suicidarse. Todo.
Ariel dio un paso adelante y, como un imán, fue despedido hacia abajo llevándose consigo a una Nerea sonriente. Cada vez parecía que volaban más y más alto, pero por lo contrario estaban bajando de una forma acelerada. Ariel dibujó una sonrisa en su rostro y susurro dos palabras que solo podían ser leídas por los ojos de Nerea: ‘Te amo’. Y murieron. Sí, juntos.