-¿Qué hay detrás del cielo?
Amaya contiene la respiración, como cada vez que pregunta algo. Dice que así junta el coraje suficiente
para enfrentarse a respuestas indeseadas.
Amaya sabe que la respuesta de Nicolás no va a ser de las que ella espera, por eso preguntó de manera retórica, sin inmutarse ante la mirada intolerante de su interlocutor. No quiere despedirse. Pero, por un razón desconocida, sabe que esta será la última vez que se encuentren en ese lugar, a esa hora y juntos.
Amaya sabe que la respuesta de Nicolás no va a ser de las que ella espera, por eso preguntó de manera retórica, sin inmutarse ante la mirada intolerante de su interlocutor. No quiere despedirse. Pero, por un razón desconocida, sabe que esta será la última vez que se encuentren en ese lugar, a esa hora y juntos.
Nicolás sabe que responder. Sí, lo sabe. Pero Amaya lo
agotó. Sus preguntas son cada vez más incoherentes y sabe que lo único que hace
es intentar establecer una conversación de la cual ambos quieren escapar.
No puede seguirle el hilo, se enreda, se pierde y… así queda todo.
A Amaya no le interesa, verdaderamente, saber que hay detrás de un lienzo celeste. Solo intenta animar a Nicolás, encontrar motivos por los cuales seguir la rutina repetitiva de todos los lunes. Nicolás detesta esa rutina. Caminar despacio por la deteriorada estación de trenes, subirse al mirador a observar un atardecer insulso y esperar a que Amaya lance un misil diluido con miel.
A Amaya le da miedo cambiar de aire, renovar una rutina establecida hace casi dos años. Siente que la pérdida de su. Ahí termina la oración. Porque Amaya no sabe que es para ella Nicolás. Siquiera sabe si lo quiere. Solo lo necesita. A él y a su estabilidad.
No puede seguirle el hilo, se enreda, se pierde y… así queda todo.
A Amaya no le interesa, verdaderamente, saber que hay detrás de un lienzo celeste. Solo intenta animar a Nicolás, encontrar motivos por los cuales seguir la rutina repetitiva de todos los lunes. Nicolás detesta esa rutina. Caminar despacio por la deteriorada estación de trenes, subirse al mirador a observar un atardecer insulso y esperar a que Amaya lance un misil diluido con miel.
A Amaya le da miedo cambiar de aire, renovar una rutina establecida hace casi dos años. Siente que la pérdida de su. Ahí termina la oración. Porque Amaya no sabe que es para ella Nicolás. Siquiera sabe si lo quiere. Solo lo necesita. A él y a su estabilidad.
-¿De verdad quieres saber?
Amaya cierra los ojos y el mirador tiembla. Una ráfaga de
viento fría le cala los huesos. Observa
Nicolás y no ve más que un frustrado. Decide correr en la dirección
contraria. Huir, quien sabe de qué. Solo escapar.
-No, no me interesa saberlo. Nada me interesa.
-Bien, porque, como decía Sadie “Una cortina negra, y atrás envases con suspiros de
todos los que se fueron y no van a volver”. Y yo, no voy a volver, Amaya.