Mi respiración entrecortada; mi corazón palpitando más rápido y más lento que nunca; mi mandíbula trabada de la ansiedad; mis manos cerradas en forma de puño; mis párpados apretados; mi leve sonrisa maquiavélica.
Cualquiera que me conociese podría saber que estaba a punto de hacer. Cualquiera que hubiese estado en la misma habitación que mi familia, cuando mi padre arremetió contra sí mismo y todo el resto; cuando mi madre calló a un lado de la mesa tirando consigo un par de sillas; cuando yo solo pude huir: echarme a correr muy lejos de esa casa, muy lejos de lo llamado hogar para muchos.
Al salir, tropecé con Ludovico. Vive en la casa de enfrente, así que lo más sensato era pensar que por los gritos se había apresurado a buscarme. Mejor dicho, eso intenté pensar. En fin, solo pude empujarlo a un lado de la calle y seguir corriendo. Sentí sus pasos atrás mío, por lo que me dirige a la costa. Cerca del faro había una casa abandonada de madera, hecha pedazos. Podría empezar por ahí. De sobra sabía que Ludovico me seguía persiguiendo, pero por una maldita razón lo quería conmigo en este momento.
Llegué a mi punto de encuentro con la paz personificada. Respiré el aire puro que traía consigo el mar y me senté un minuto en la arena para poder divisar un poco más el aroma que se aproximaba hacia donde estaba sentada. Solo era el aroma del puerto, todos lo odiaban, pero a mí me tranquilizaba. Abrí lentamente los ojos, los párpados me pesaban por haber llorando tanto tiempo y lo único que pude admirar fue esas aguas en todo su esplendor.
Me levanté unos segundos después y me encaminé hacia la casa maltrecha. Me resultaba raro que Ludovico no llegara todavía, lo sentía tocarme los talones minutos antes. Tenía que aceptar que no era imprescindible en su vida, como él en la mía.
Bien, respiré profundamente y saqué del bolsillo de mi pantalón una caja de cerillas y, aunque no bastaría para incendiar toda la casucha, con una parte me conformaría: la madera tarda muy poco en quemarse. No pude evitar sonreír al acordarme de aquello.
Me levanté unos segundos después y me encaminé hacia la casa maltrecha. Me resultaba raro que Ludovico no llegara todavía, lo sentía tocarme los talones minutos antes. Tenía que aceptar que no era imprescindible en su vida, como él en la mía.
Bien, respiré profundamente y saqué del bolsillo de mi pantalón una caja de cerillas y, aunque no bastaría para incendiar toda la casucha, con una parte me conformaría: la madera tarda muy poco en quemarse. No pude evitar sonreír al acordarme de aquello.
Mi corazón latía fuerte, más que nunca y eso lo distinguí como una ligera ansiedad.
Aunque todos me consideraran una pirómana loca, eso era lo único que me hacía sentir bien después de tener unos días, meses, años malos. Comencé acercándome lentamente. La mano que sostenía las tres cerillas encendidas temblaba, mi falta de pulso lograba asustarme. Me acerqué a una de las ventanas de la cual colgaba una cortina rasgada y comencé a deslizar las tres cerillas prendidas por todo el rectángulo de tela. La reacción fue inmediata: el fuego se esparcía hasta llegar al marco de la ventana y seguir por parte del techo.
La sensación era increíble, tanto que quería tocar con mis propias manos esa magia que cree yo misma.
Intenté hacerlo, quise tomar la cortina hecha pedazos pero un cuerpo me lo impidió, tirándome para atrás consigo. Me agité y asusté, pero al darme vuelta y encontrarme con su cara solo atiné a sonreír como idiota.
Aunque todos me consideraran una pirómana loca, eso era lo único que me hacía sentir bien después de tener unos días, meses, años malos. Comencé acercándome lentamente. La mano que sostenía las tres cerillas encendidas temblaba, mi falta de pulso lograba asustarme. Me acerqué a una de las ventanas de la cual colgaba una cortina rasgada y comencé a deslizar las tres cerillas prendidas por todo el rectángulo de tela. La reacción fue inmediata: el fuego se esparcía hasta llegar al marco de la ventana y seguir por parte del techo.
La sensación era increíble, tanto que quería tocar con mis propias manos esa magia que cree yo misma.
Intenté hacerlo, quise tomar la cortina hecha pedazos pero un cuerpo me lo impidió, tirándome para atrás consigo. Me agité y asusté, pero al darme vuelta y encontrarme con su cara solo atiné a sonreír como idiota.
-¿Qué diablos intentabas hacer, Vera?
-¿Acaso no te gusta el fuego? A mí me fascina, me hace sentir como si millones de colibríes volaran en mi estómago.
-Tengo que llamar a emergencias ahora mismo. No puedes hacer esto, Vera, me asustaste. Si no hubiese llegado a tiempo te hubieses…
-¿Me hubiese qué? ¿Muerto, tal vez? Esa era la idea desde un principio, Ludovico. Deja de lado el papel de héroe que no te queda nada bien.
-No hables estupideces. No estoy aquí para tomar el papel de salvador de nadie…
-¿Para qué viniste, entonces?
Su silencio me petrificó. Quería que me diga lo que yo quería escuchar. No quería oír que era porque solamente teníamos una amistad muy unida. Yo no deseaba eso, yo deseaba morir. Acariciar el fuego hasta que este tocara lentamente cada órgano vital y lo escureciera, quemándolo lentamente hasta que quedaran totalmente muertos cada uno de ellos.
- Sí no tienes nada más para decir, puedes irte por donde viniste. Tengo que hacer algo…
-Espera. No quiero que te mueras, Vera. Tendrás que internarte y no hablo en broma, tu piromanía es seria y…
-No estoy loca, Ludovico. Solo descargo toda mi impotencia, aquella que guarde durante dieciséis años, aquella que no me deja vivir.
-Ven conmigo o me quedaré aquí contigo.
-Si te quedas, tendrás que decirme algo que yo quiero escuchar.
-Dime.
No estaba desquiciada, solo le estaba pidiendo a un buen amigo al cual amaba, que me consolara. Que me sacara de este maldito pozo.
-Tendrás que decirme: ‘Vera, lamento no haberme dado cuenta mucho antes pero no quiero ser solo tu amigo, quiero decirte que te amo y que quiero protegerte de todo y de todos. Voy a estar siempre para ti’. Ahora repítelo.
Intentó hacerlo. Lo mejor que pudo. Cambió algunas palabras pero no se sorprendió de mi pedido. Como si en verdad esto no fuera un juego.
-Bien… Vera, debo decirte algo: te amo, y no quiero ser solo tu amigo, quiero protegerte de todo y de todos. Voy a estar para ti, siempre.
-Bien hecho, ahora debes tomarme entre tus brazos y abrazarme fuerte hasta que todo esto pase. Veremos quemarse lentamente la casa pero tú harás que piense que todo estará bien.
Y eso hizo. El estaba a corta distancia de mí, sentados uno frente al otro, de costado al mar. Me tomó delicadamente entre sus brazos, presionando su cuerpo contra el mío, dejando que yo recueste mi cabeza contra su hombro, teniendo una vista privilegiada del incendio. Tomo mi mano derecha con su mano libre, la presionó y susurro despacio un ‘todo estará bien, Vera’.