jueves, 1 de marzo de 2012

Latidos silenciosos.


Mis piernas y las tuyas danzan silenciosamente, sigilosamente; enredándose con las sábanas blancas y entre ellas. Tomas mi mano derecha y la aprisionas entre las tuyas. La observas minuciosamente, cual diamante en bruto. Me estremezco y suelto tu mano.
Ahora tus ojos devoran los míos; los miras, los idolatras, puedo llegar a decir que casi los amas, tan solo con tu mirada gris.
Cierro los ojos, no imagino algo mejor. Tiemblo bajo tu mero tacto, bajo tu mirada perturbadora. Estiro cada parte de mi anatomía y tú te das media vuelta en la cama, quedando en posición fetal, dándome la espalda. Creo que quieres que te abrace, pero no sé si deseo hacerlo. De igual manera, lo hago. Te abrazo y  también tiemblas al igual que yo. Me gusta la sensación de que lo hagas bajo mis brazos.
Te miro y tus ojos están cerrados, pareces dormido, felizmente dormido. Pero tu respiración te delata, es demasiado rápida. 

-No te duermas, Amadeo.

-Estoy despierto, Eva.

-No me trates así.

Te das media vuelta y me vuelves a observar trabajosamente. No queres perderte de ningún detalle. Me asusta. Me asustas. No sé porque te metí en mi cama, no me acuerdo que pasó anoche, pero mi dolorido cuerpo es una buena evidencia de lo que pasó aquí. Es todo una gran redundancia. Mi vida lo es.

-Te estoy tratando bien. Tengo sueño, nada más.

-Quiero hablar.

-¿Ahora? Es muy temprano todavía.

-Te quiero preguntar algo.

Me acaricias la mejilla derecha y simplemente puedo cerrar los ojos para embriagarme más a gusto de tus caricias. Encuentro la felicidad en cada roce. Abro mi par de ojos de repente, como si me hubiese acordado de algo. Me miras interrogativo y asentís con la cabeza, animándome a preguntar.

-¿Qué querés de mí, Amadeo? Decime la verdad, sin rodeos.

-¿A qué te réferis? 

-A lo que querés.

-Quiero tu boca, tus ojos albinos, tus pecas, tus sonrisas, tu nariz recta, el perfume de tu piel, tu pelo despeinado, tu cama todas las noches, tus brazos envolviéndome.
Estaba resignada. Apoyé mi cabeza en la espalda de la desgastada cama y encendí un cigarro. Inhalé y exhale rápidamente. Cerré los ojos y me deje llevar por mi mente a algún lugar donde las personas sean menos personas y más ellos. Donde se pueda hablar después del sexo. Sabía que Amadeo no podía darme eso ni a mil años luz.

-Y tu corazón.

-¿Qué dijiste?

Amadeo apoya su cabeza en mi pecho, donde se debe de encontrar ese músculo sangrante y siento su respiración entrecortada en él. Sí, en mi corazón y no en mi pecho. Lo miro confundida pero él no devuelve esa mirada, se la queda, la abraza y dudo que quiera devolverla. En cambio suspira y se revuelve en la cama. Parece que está a punto de dormirse. Y en cuanto creo que lo está completamente, sus palabras y él hacen acto de presencia, juntos.

-Sí, principalmente, quiero los latidos de tu corazón, Eva.