miércoles, 31 de octubre de 2012

extinguido.



Algún tiempo atrás me hubiese resultado fácil adivinar lo que se escondía tras sus ojos cerrado. Si estuviese teniendo una pesadilla, podría estar segura que este deliraría con mi muerte o con unos nuevos Juegos del hambre. Pero hoy, lo único seguro es que él moriría frente al deseo de tener bajo sus dos firmes manos mi cuello.
Ya no era predecible, al menos no para mí. Todo había dado un giro inesperado y Peeta había sido sepultado en el proceso y con él, también yo.
De pronto, desperté del ensueño sacudiendo levemente la cabeza, para ordenar mis pensamientos. Una vez más tuve que repetir la limitada lista. “Me llamo Katniss Everdeen. Tengo diecisiete años. Soy del distrito 12. No existe el distrito 12. Peeta es un arma del Capitolio. Peeta ya no me quiere…”. 

Pensar en aquello solo me producía escalofríos ¿cuándo había ocurrido todo aquello? ¿cuándo la amabilidad y hasta su ternura se habían transformado en deseos de exterminar con todo o, al menos, conmigo?
La mano de Peeta descansaba de manera lánguida sobre la cama; miles de cablecillos de diferentes colores conectados por aquí y por allá dependían de su mano. La tomé entre las mías, llevándola hacia mi mejilla, empapándola de despedidas. Claro ¿qué más podría ser aquello que una despedida trágica como es merecido para un par de amantes trágicos? Despacio, delicadamente, apoyé nuevamente su mano, quedando la misma abierta de par en par. Finas líneas cruzaban esa extremidad.
Hace tiempo, Prim me había enseñado una clase de ciencia antigua que consistía en adivinar el futuro por medio de las líneas de la edad de una mano. Me sorprendió la longitud de la línea de vida de Peeta y sonreí al pensar que su vida podría ser mucho más que aquellos Juegos, más que esa extensa lluvia de sangre. 

Incrusté mis  dedos largos y delgados entre los de él, poseídos por un letargo inaudito. Dirigí mi mirada a la pantalla que se encontraba al lado de la litera, dejando descansar su mano entre la de él.  Esa computadora emitía un sonido penetrante mientras dibujaba una serie de líneas curvas y rectas a la vez. Me enfrasqué en la investigación de que podrían significar aquellas figuras, desconociendo el hecho de que Peeta estuviese despertando hasta que sentí la fuerza de él ejercida sobre mi mano. Presionandola. Ahogandola.
Mi mirada vagó por cada recoveco de la habitación hasta chocar con los témpanos helados y azules. Ya no eran nítidos, se volvieron huecos, vacíos, inexpresivos… peligrosos. 
Lentamente me levanté de su lado, llevándome conmigo algunas que otras palabras escondidas, ansiosas por salir de mis labios y llegar a sus oídos. No eran muchas, dos siquiera, pero lo suficientemente fuerte para derrumbar todo lo que había intentado construir después de haberlo encontrado, de haberlo visto. Encontrado… una forma bastante retorcida de decir.
Me frené en la puerta de la habitación como si fuese una orden imperiosa proveniente de su voz.

-No te comprendo, Katniss.


El sudor frío que recorrió mi espalda me nubló los sentidos. No podía pensar o hacer otra cosa que no fuese quedarme estática, encerrada en un cuerpo que no me pertenecía pero que debía mantener en pie.
Mi silencio fue suficiente respuestas para que el continuase, para que siquiera dejándome desarmada. Claro que no me comprendía ¿acaso yo sí lo hacía? Todo los actos que cometía eran contradictorios. Tenía una indecisión marcada con fuego y no podía deshacerme de ella. No quería ser un arma de Snow ni de nadie pero me prestaba a la idea de ser una ficha para los rebeldes. Quería a Gale como un hermano sin embargo no podía decidir ni elegir entre él y Peeta.


-Es decir, eres una asesina. Mataste a mi familia, a mis amigos y…

-¿Y qué? ¿Quieres seguir recordándome todo lo que crees saber de mí o por fin has acabado?

-… y sin embargo viene aquí, me sostienes la mano y lloras cual niña. ¿Es qué te has comido el personaje, Sinsajo?

Su voz sonaba tan… fría. Tan fuera de sí misma. Extrañaba cuando casa palabra era una caricia, un abrazo, un beso. ¿Tan tarde había llegado? ¿Tan caro tenía que pagar el precio de ser una ficha más del inmenso juego entre el Capitolio y el Distrito 13?
Sin contestar me dirigí nuevamente hacia la salida, de la cual me había alejado varios metros sin siquiera darme cuenta. Entonces… esto era el final. Aquí terminaba todo. Los amantes trágicos por fin habían muerto y no suicidándose… matándose como grandes vencedores de los Juegos.


-Explicate, por favor. Necesito… entenderte.                  
                       
Todo me resultaba redundante. Él no me entendía, lo sabía, pero creía que tampoco quería hacerlo. Sentía que no le debía una explicación pero algo dentro mío hizo cortocircuito, la suplica de Peeta fue un detonante que hizo explotar todo… esto. A mí. 

-¡Hice todo lo que pude para mantenerte con vida, Peeta!

Gritaba. Abría mis brazos cual pájaro a punto de salir volando. Lloraba y el dolor de cabeza me hacia llevar mis manos hacia ella, nublando mi vista. 


- Todo… todo esto es mi culpa. Que no sepas quien sos, que no tengas familia… que ya no me quieras.

Su mirada pareció cambiar. Había rastros de…. No lo sé. No sé que le pasaban a sus ojos pero parecían estar en plena metamorfosis,  volviendo en sí, al menos unos segundos. Todo fue muy rápido. Volvió a mirarme de esa manera cuasi asesina y todo volvió a derrumbarse.

-¡Vete!

Eso hice. Me fui. Salí, volé, corrí, escalé, morí en el intento. Murmuré por lo bajo un “te quiero” que jamás escuchó y todo siguió igual que siempre. Al irme escuché los gritos producto de su nuevo ataque; del ataque que yo producí con mi insensatez.

-“¡No quiero quererla!”

 No volví a verlo hasta ahora. Haymitch dice que preguntó por mí, que había recordado algo sobre una perla y necesitaba que yo lo ayudase. Pedí que le dijeran que me había ido, que ya no estaba en el Distrito. Rogué que me sacaran de encima el trabajo de salvarlo y salvarme en el proceso.
Mis llamas estaban siendo apagadas por una clase de extinguidor que jamás había conocido y esa receta  tan fuerte lo tenía solo él. Por el momento, necesitaba mi fuego. Necesitaba ver arder a todos y arder con ellos.

domingo, 21 de octubre de 2012

teatralidad errante.


Izquierda. Derecha. Camino. Camino. Escucho. Freno. Gritos. Corro. Derecha. Izquierda. Prim. Grito. Prim.
-¡Prim! – Mi voz no suena como creo que debería sonar. Me resulta extrañamente familiar, sin embargo sé que no es la voz que utilizo para despertar a Prim, para discutir con mi madre, para reír con Gale o para susurrarle mentiras a Peeta.
-¡Prim, contestame! ¡Sigue gritando para lograr guiarme! – Otra vez esa voz… Debo reconocer que logra desconcertarme. No es una voz de mujer, nada más alejado a ello. Es un hombre. Él que porta mi voz es un hombre.
-¡Katniss! – Esa sí es la voz de Prim. Siento que intento encontrarla sin embargo, algo dentro de mí pelea por salir. Una sed de algo indescriptible. La misma clase de sed que sentí en Los juegos del hambre en el momento que vi a Rue morir. Esas ganas inmensas de lastimar a personas que, tal vez, no hicieron más que existir en un momento desubicado.
De un momento al otro, casi inconsciente, paro de correr. Miles de imágenes se cuelan por mi cabeza, llegando a mi cerebro retorcido. Golpean, gritan, intentan entrar hasta que lo logran. Mi poder de resistencia mental es vencido de un solo golpe. Todo lo que veo es a mí misma corriendo por entre los árboles de la Arena y de pronto… ¡ZAS! Ganas de matarme, de asesinarme lentamente, de verme sufrir.
De repente, todo el pasillo se ve transformado en espejos. Y.. por fin lo comprendo. Me he convertido en la peor calumnia de todo Panem. Snow ya no es mi enemigo. Snow soy yo. La sangre y las rosas no eran el aroma del lugar. Era mi aroma. Era mi perfume.
Grito. Temo por Prim. Siento que, por primera vez, no puedo protegerla. ¿Cómo protegerla de mí misma?
Escucho más gritos pero, por primera vez, no provienen de la garganta de Prim.
-¡Katniss, despierta! Vamos, despiértate – Lo último que veo es mi reflejo en el espejo.  Ese Snow más encorvado me despide con un ligero saludo en la mano y… ya está. Ya no está. Soy yo de nuevo… o eso creo.
-¡Katniss! – Peeta. ¿Quién otro podía ser? ¿Creía que sería Gale el héroe de la velada? Gale ya no estaba. Peeta era quien intentaba calmarme. Y de repente no supe a quién querría a mi lado. No pude separar la fina línea que marcaba lo que de verdad quería y  lo que me había convertido en una actriz de reparto.
Entre tanta oscuridad densa, los ojos del susodicho estaban expectantes, abiertos de par en par, esperando algún tipo de respuesta de mi parte. Seguí respirando agitadamente unos minutos más, mientras gruesas lágrimas caían por aquí y por allá. Él solo me miraba y secaba con sus manos algunas de las lágrimas. De repente pensé en sus manos. Me abrazaron en incontables ocasiones, amasaron el pan que me salvo la vida aquella noche, mataron a tributos y pintaron vida en algunos pedazos de lienzo vacíos.
-No podía despertarte.
Solamente dijo aquello. Me miró y su boca comenzó a moverse, mientras sonidos casi inaudibles salían por ella. “No podía despertarte”. No es un reproche, es más una… disculpa. “Perdoname Katniss, por no poder despertarte antes y sacarte de esa pesadilla”. No sé si era por la razón de que matamos juntos o por el amor que debía fingir casi a tiempo completo, pero leía entre líneas cuando se trataba de Peeta. Lo conocía, claro que sí. Sabía que había más que simples palabras unidas por conectores en sus frases.
-No te vas a ir ¿verdad?
¿Qué quise decir con eso? No lo sé. Tal vez deba rendirme al hecho de que jamás podré elegir a quien amar, con quien casarme, con quien compartir esas estúpidas experiencias. Tal vez deba rendirme en los brazos de él. ¿Qué mejor lugar para dejarse vencer? Yo creo quererlo. Sí, sí que lo quiero. No voy a intentar comparar ese cariño con el que le tengo a Gale pero no porque no pueda, digo, no porque no sea comparable redundantemente, sino porque no sabría por donde comenzar. Mis sentimientos están más desordenados que las objetos para Haymitch después de beber un largo rato.
Lo observo un tiempo prudencial. Observo como intenta huir de lo que es evidente que siente. Agacha la mirada, y sacude la cabeza. Solo atino a abrazarlo. Sí, me lanzo en sus brazos en busca de ayuda, cual niña ahogándose se abraza a su flotador, cual tributo se aferra a la esperanza de vivir. Atrapa mi espalda delicadamente, como si se tratase del último diente de león del mundo y se queda inmóvil, mientras su aliento me roza la coronilla. Es la primera vez, desde aquella noche en la cueva, en la que vuelvo a desear paralizar un momento estando junto a él.
Los latidos de su corazón se confunden con los míos y se vuelven iguales; se escuchan, se sienten en el mismo instante.
-Intento no hacerlo, juro que cada día me lo propongo, pero al caer la noche y al escuchar tus gritos angustiados, todas las fortalezas que construyo se derrumban. ¿Por qué haces que se derrumben? Deja de hacerlo, Katniss, por favor. – Todo lo dice en un susurro, como temiendo que alguien más que yo se enterase. Como si creyera que al decirlo en voz alta, todo sonaría más real. El párrafo completo lo dice con un tono suplicante, rogándome que deje de hacer que me ame. Vuelvo a leer entre líneas: me pide que lo ame también a él. 
-No quiero que dejes de quererme. Por favor, no dejes de hacerlo – Eso no sonó como quise.
-Perdón, soy egoísta. Sí, así soy yo. No sé querer de otra manera. 
No entiendo porque dije todo aquello, pero al decirlo sé que es verdad. Sé que no he mentido al decir que lo quiero. Sí, lo quiero de una forma mucha más compleja de la que se suele querer. Esa es mi forma de amar. Lastimando. Hiriendo. Eso me enseñó la masacre anual: a sobrevivir lastimando. No quería que él se volviese importante, que me debilitara. 
Peeta se queda petrificado bajo mis brazos. Siento que ni su respiración tranquila logra sentirse y su aliento deja de acariciar mi lóbulo. Me despego del abrazo, volviéndome a sentir sola. Independiente.
Vuelve a clavar sus pupilas en mi mirada inundada y sé que no debo arrepentirme, sé que he dicho lo correcto. Intento levantarme. Aunque sea mi dormitorio no puedo quedarme en la misma habitación que él. No ahora que he llegado tarde. No ahora que lo he perdido.
Me dirijo hacia la puerta cuando un cuerpo más fuerte que el mío me obliga a frenar, a darme la vuelta. Me obliga a encontrarme nuevamente con su mirada.
No, no me besa. No me declara nuevamente su amor. Solo le da un pequeño beso a mi mejilla derecha y, sosteniéndome de la mano, me guía hacia aquella cama, dónde minutos antes mi pesadilla se expandía. Me recuesta primero y él se ubica detrás de mí, abrazándome enteramente. Susurra un “te quiero” y siento que el dolor de tantos meses cesa durante algunos minutos. Esa paz logra embriagarme de una armonía desconocida. Las manos de Peeta producen un calor agradable sobre mi estómago, adormeciendome.
Siento el leve “fru, fru” del viento, allá, fuera, dónde el Capitolio está preparando el nuevo genocidio, sin embargo, después de esto, sé que quién quiero que gane, quien quiero que viva. Esa noche, mientras él dormía junto a mí, mientras las palabras sobraban y todo lo que quería decir había sido llevado a hechos; mientras mi mente comenzaba a ordenarse, supe que iba a hacer lo que esté a mi alcance para que Peeta pueda volver a ver miles de dientes de león juntos. El fuego de la chica en llamas había sido apagado y encendido nuevamente solo para que, de las cenizas, surjan nuevos sinsajos. 

lunes, 14 de mayo de 2012

Luna de inercias.



-¿Qué hay detrás del cielo?

Amaya contiene la respiración, como cada vez que pregunta  algo. Dice que así junta el coraje suficiente para enfrentarse a respuestas indeseadas.
Amaya sabe que la respuesta de Nicolás no va a ser de las que ella espera, por eso preguntó de manera retórica, sin inmutarse ante la mirada intolerante de su interlocutor. No quiere despedirse. Pero, por un razón desconocida, sabe que esta será la última vez que se encuentren en ese lugar, a esa hora y juntos.
Nicolás sabe que responder. Sí, lo sabe. Pero Amaya lo agotó. Sus preguntas son cada vez más incoherentes y sabe que lo único que hace es intentar establecer una conversación de la cual  ambos quieren escapar.
No puede seguirle el hilo, se enreda, se pierde y… así queda todo.

A Amaya no le interesa, verdaderamente, saber que hay detrás de un lienzo celeste. Solo intenta animar a Nicolás, encontrar motivos por los cuales seguir la rutina repetitiva de todos los lunes. Nicolás detesta esa rutina. Caminar despacio por la deteriorada estación de trenes, subirse al mirador a observar un atardecer insulso y esperar a que Amaya lance un misil diluido con miel.

 A Amaya le da miedo cambiar de aire, renovar una rutina establecida hace casi dos años. Siente que la pérdida de su. Ahí termina la oración. Porque Amaya no sabe que es para ella Nicolás. Siquiera sabe si lo quiere. Solo lo necesita. A él y a su estabilidad.
-¿De verdad quieres saber?
Amaya cierra los ojos y el mirador tiembla. Una ráfaga de viento fría le cala los huesos. Observa  Nicolás y no ve más que un frustrado. Decide correr en la dirección contraria. Huir, quien sabe de qué. Solo escapar.
-No, no me interesa saberlo. Nada me interesa.
-Bien, porque, como decía Sadie “Una cortina negra, y atrás envases con suspiros de todos los que se fueron y no van a volver”. Y yo, no voy a volver, Amaya. 

jueves, 1 de marzo de 2012

Latidos silenciosos.


Mis piernas y las tuyas danzan silenciosamente, sigilosamente; enredándose con las sábanas blancas y entre ellas. Tomas mi mano derecha y la aprisionas entre las tuyas. La observas minuciosamente, cual diamante en bruto. Me estremezco y suelto tu mano.
Ahora tus ojos devoran los míos; los miras, los idolatras, puedo llegar a decir que casi los amas, tan solo con tu mirada gris.
Cierro los ojos, no imagino algo mejor. Tiemblo bajo tu mero tacto, bajo tu mirada perturbadora. Estiro cada parte de mi anatomía y tú te das media vuelta en la cama, quedando en posición fetal, dándome la espalda. Creo que quieres que te abrace, pero no sé si deseo hacerlo. De igual manera, lo hago. Te abrazo y  también tiemblas al igual que yo. Me gusta la sensación de que lo hagas bajo mis brazos.
Te miro y tus ojos están cerrados, pareces dormido, felizmente dormido. Pero tu respiración te delata, es demasiado rápida. 

-No te duermas, Amadeo.

-Estoy despierto, Eva.

-No me trates así.

Te das media vuelta y me vuelves a observar trabajosamente. No queres perderte de ningún detalle. Me asusta. Me asustas. No sé porque te metí en mi cama, no me acuerdo que pasó anoche, pero mi dolorido cuerpo es una buena evidencia de lo que pasó aquí. Es todo una gran redundancia. Mi vida lo es.

-Te estoy tratando bien. Tengo sueño, nada más.

-Quiero hablar.

-¿Ahora? Es muy temprano todavía.

-Te quiero preguntar algo.

Me acaricias la mejilla derecha y simplemente puedo cerrar los ojos para embriagarme más a gusto de tus caricias. Encuentro la felicidad en cada roce. Abro mi par de ojos de repente, como si me hubiese acordado de algo. Me miras interrogativo y asentís con la cabeza, animándome a preguntar.

-¿Qué querés de mí, Amadeo? Decime la verdad, sin rodeos.

-¿A qué te réferis? 

-A lo que querés.

-Quiero tu boca, tus ojos albinos, tus pecas, tus sonrisas, tu nariz recta, el perfume de tu piel, tu pelo despeinado, tu cama todas las noches, tus brazos envolviéndome.
Estaba resignada. Apoyé mi cabeza en la espalda de la desgastada cama y encendí un cigarro. Inhalé y exhale rápidamente. Cerré los ojos y me deje llevar por mi mente a algún lugar donde las personas sean menos personas y más ellos. Donde se pueda hablar después del sexo. Sabía que Amadeo no podía darme eso ni a mil años luz.

-Y tu corazón.

-¿Qué dijiste?

Amadeo apoya su cabeza en mi pecho, donde se debe de encontrar ese músculo sangrante y siento su respiración entrecortada en él. Sí, en mi corazón y no en mi pecho. Lo miro confundida pero él no devuelve esa mirada, se la queda, la abraza y dudo que quiera devolverla. En cambio suspira y se revuelve en la cama. Parece que está a punto de dormirse. Y en cuanto creo que lo está completamente, sus palabras y él hacen acto de presencia, juntos.

-Sí, principalmente, quiero los latidos de tu corazón, Eva.

sábado, 18 de febrero de 2012

Capítulo 1: Fantasías desencontradas.


                                                                                 Nerea&Ariel


La oscuridad de la noche es perfecta, el reloj debe marcar cerca de las dos de la madrugada pero eso no me afecta en absoluto. Me encuentro sentaba al borde de un insípido plataforma, con mis par de pies colgando hacia las aguas tortuosas. Debo decir que tengo frío, la temperatura disminuye a la par de que los minutos venideros se tragan a los pasados. Intento calentar mis manos adentrándolas en los bolsillos de mi vieja campera y extraigo de ellos un cigarro desgastado. Busco, además, un encendedor y con él enciendo el cigarro y llevo la nicotina a mi boca reseca. Extraigo cada gramo de droga de aquel cigarro y exhalo lentamente el humo, eso me produce cierta calidez.

Recorro algunos tramos anteriores de mi existencia, porque… debo aclarar que ocupo un ligero lugar en el espacio, que robo cierta cantidad de oxígeno al resto de los habitantes, y eso me hace pensar que vivo. El respirar es como una advertencia de mi propio cuerpo. Quiere decirme ¡Eh, estás viva!  Pero yo no quiero escucharlo. Mi cuerpo puede estar vivo, pero no mi mente.
Introduzco un falso boleto de tren y me subo a este. Viajo, recorro, atravieso de un extremo al otro una corta vida de diecisiete años, exactamente. Dejo que el viento acaricie cada facción de mi rostro, que despeine mi de por sí despeinado cabello.
En este viaje encuentro más muerte que vida, pero eso no me desalienta. Eso es hasta que aparece la fría imagen de Ariel. Sí, siempre el debe estar presente, en todo momento… eso logra fastidiarme.
Bajo lentamente de aquel locomotor y vuelvo a mi realidad: Me llamo Nerea, no importa mi apellido, lo único que quiero que sepan es que mi nombre es Nerea, que tengo diecisiete años, que me gustan los gatos, que vivo en las costas de una ciudad totalmente consumida y que amo odiosamente a Ariel.
Él dice que mi cabeza es complicada, que gráficamente podría definirse como un gran manojo de nudos entrecruzados por vaya a saber qué par de manos. Y sobre todo, él dice que no piensa desatar ningún nudo. Me habla siempre sobre ir a un psicólogo o hasta un psiquiatra pero cuando empieza a hablar de aquello, yo dejo de prestarle atención y me concentro en sus ojos verdes, en su nariz desproporcionada, en sus pequeños labios, en sus pecas y me pierdo, y cuesta buscarme después de aquel extravío. Creo que lo amo, eso dice mi corazón cuando logra hablar. Pero yo, más bien mi mente, dice que todo lo contrario. Que yo no amo, que yo no siento. La mayoría de las veces, me maneja un poco más ese musculo soberbio que aquel cerebro malgastado.  

Creo necesitarlo y antes de pensarlo dos veces marco su número telefónico y subo mi móvil hasta mi oído derecho, esperando escuchar su voz. Me contesta a la tercera vez que le marco y con una voz un tanto somnolienta y cansada.

-¿Qué ocurre, Nerea? ¡Son casi las tres de la madrugada!

-Te necesito. 

-¿Para eso llamas? Yo te he dicho que lo que tú necesitas es un buen psicólogo, un especialista…

- Estoy en la plataforma Irasú, la que va hacia San Antonio.  ¿Vendrás?

-¡Son las tres de la madrugada! Claro que no iré.

-Dije que te necesito.

-No iré.

-Está bien. Lo comprendo. Solo debo aclararte que si no vienes, me suicidaré. Y va a ser tú el culpable,  inevitablemente. 

-No puedes hacerme esto, Nerea. ¡No puedes manipularme de esta forma y…

-Recuerda: plataforma Irasú, yendo hacia San Antonio.

Corto la llamada e inmediatamente Ariel vuelve a llamarme. Tiro el móvil desde donde creo estar y lo oigo caer a unos quince metros hacia el norte. Sonrío. Nunca me he llevado realmente bien con la tecnología.
En verdad, pequé. Mentí. No iba a matarme, claro que no. Los suicidas no van al Paraíso y yo deseo ir allí. Solo quiero que venga conmigo, pues lo necesito aquí ahora. Solo… manipulé un tanto a la verdad y a él también. Nada que algunos Padres Nuestros no reparen.

Mi cabeza da vueltas y vueltas. Me imagino sentada en un unicornio de metal en un carrusel legumbre. Vueltas y vueltas. Hacia la izquierda, luego hacia la derecha y así sucesivamente. Mis ojos se abren y se cierra; mis manos van de un lado al otro, al compas de una melodía traviesa. Escucho una voz interrumpir la melodía, me llama, me invita a ir con ella. Yo creo que no quiero ir,  no quiero escaparme, pero la voz es insistente. Me pide que abra los ojos, que reaccione. ¡Eso es imposible! Ya los tengo abiertos, quiero responderle pero no hace falta alguna. De repente el  viejo carrusel, la melodía insinuante, la plaza céntrica carente de vida humana excepto por mí y las vueltas insistentes son acopladas por algo más destructor, más potente, más cruel llamada realidad.

En esa realidad soy zarandeada por un joven de ojos verdes olivos que con desesperación grita mi nombre a los cuatro vientos. Lo reconozco como Ariel. Mi salvador. Mi amor. ¿Por qué tanta preocupación? Aquí estoy, viva o eso creo. Ya puedes besar a la novia - dice una voz dentro de mi mente retorcida.  

-¡Nerea!

-Ese es mi nombre.

-¡¿Qué has hecho?! ¿Qué has bebido?

-Había solo unas botellas dentro de la nevera,  eran transparente. ¿Qué más da? No estoy ebria. 

-¡¿Cuántas has bebido?! Ya… no importa. Vamos a ir al hospital, yo te llevaré. Te internaré. 

-¡Viniste! Eso puede insinuar que te intereso… o que quieres tener la consciencia muy limpia, transparente como el líquido de las botellas que he bebido.  

-Un poco de ambas.

-Dime la verdad.

Quiero escuchar que me ama, que sin mí no podría vivir un solo día, que vino hasta aquí solo por eso. Eso quiero, debo, tengo que escuchar. 

-No la quieres saber.

-Dímela, Ariel. 

-Es que… ¡Mírate, Nerea! No eres ni la sombra de la niña que he conocido hace algunos años. Estás desmejorada y además… loca. Sí, desquiciada. 

-Pero aquí debes decir que me amas, no eso.

-No es un estúpido cuento de los tantos que has escrito, Nerea. Esto es la realidad, observa a tu alrededor.

Levanta sus dos brazos  y toda su anatomía forma una perfecta cruz. Sus ojos destellan algo indefinible. Algo oscuro, siniestro y que temo que no quiero saber que es. Abro mis brazos de par en par y me abalanzo sobre él. Él tastabilla pero no me sostiene. Sigue en su misma posición. Lleno de besos su joven rostro, le robo un fugaz beso de sus labios y sonrío. Abro mis ojos dispuesta a encontrarme con una sonrisa pero sus facciones siguen serias, rígidas, imperturbables. Mi rostro trasluce un gran signo de interrogación. Lo suelto y camino unos pasos hacia atrás, intentando reconocerlo pero sin llegar a hacerlo realmente. Mi rostro denota una gran sorpresa. Me encuentro estupefacta. 

-¡¿De qué me sirve mi realidad si tú no estás en ella?! Al menos en mis fantasías te encuentras siempre a mi lado. 

-La realidad es lo que verdad cuenta. Tus fantasías son ilusiones que tarde o temprano se romperán por sí solas, Nerea.

-Estar contigo no es una ilusión ¿verdad?

-Sí, lo es.

-¿Qué quieres decir? ¡En ellas también me amas!

-Que en nuestra realidad, en el aquí y en el ahora… yo no te amo. 

Me golpea cual viento helado en medio de una tarde cálida. Sé que esto dolerá más tarde. Pero por ahora, solo doy media vuelta y me echo a correr. 



Quiero aclarar que este será el primer capítulo de una serie de escritos titulado 'Enamorados del odio' en el que el texto con este mismo nombre, también participará. 

lunes, 13 de febrero de 2012

Catorce.


-¡Asia, sal de ahí! Por favor, ya es tarde, sal.
Su voz retumba en toda la habitación produciéndome escalofríos en cada extremidad de mi delgada anatomía. Muevo uno de mis pies y golpeó la puerta con él, a modo de respuesta.
Me encuentro en medio del baño de una gasolinera, en posición fetal, mirando por el pequeño trecho que separa la puerta del frío piso. Solo veo sus botas desgatadas llenas de barro, pero su voz es lo único que siento real.
 Varias lágrimas surcan mi rostro como si fuese una vieja carretera y el inhalar y exhalar me resulta más complicado que nunca. Mis ojos desean cerrarse pero mi cerebro ordena –desde su soberbio lugar - que se concentren en mantenerse abiertos, por si acaso.

-Asia, responde. Sé que te encuentras allí. 

Quiero gritarle que se marche, que me deje finalmente sola, como estaba antes de conocerlo. Pero Ian insiste, persiste del otro lado de la puerta como si de ello dependiera su propia vida. Eso me enfada. Mi lado soberbio hace su aparición. Necesito tener un poco de… soledad. Sí, soledad hoy, ahora, en este mismísimo instante.

-Vete, Ian. 

-¡Asia! ¿Cómo te encuentras?

-Perfectamente. Quiero que te largues.

Sé que mi manera de dirigirme a él le ha chocado. Es a la única persona que trato considerablemente bien. Debo hacerlo, es la única manera de saldar la gran deuda que tengo con él. Aunque creo que esa deuda nunca se saldará.
 En este momento no puedo pensar en él ni en sus deseos. Necesito pensar en mí. O en nada.

-Quiero ayudarte, Asia. 

-Yo quiero que te vayas, Ian. Quiero que te marches de mi vida. Respeta mi decisión.

-¿Después de todo lo que he hecho por ti vienes a decirme que quieres que me largue? ¿Así cómo así?

-Sí, así como así. Quiero terminar contigo. 

Golpea duramente la puerta que logra separarnos. Está enfadado. Y eso es lo que yo quiero: de otra forma nunca se iría. No, claro que no quería terminar con él pero… ahora, así lo sentía. Debe ser la bebida, las drogas o las ganas de llorar en soledad que tenía pero ya no podía mantener una relación con nadie. Ya no podía mantener mi vida, y antes de terminar con ella, sería mejor deshacerme de Ian. Creo que así le evitaría un gran sufrimiento. 

-¿Qué te has inyectado, Asia? Vamos, cuéntame. Dime qué has bebido. ¿Cuántas pastillas has tragado esta vez? ¿Te revolcaste con muchos más la otra noche?

Él lo sabía. Claro, claro que lo sabía. No había nada que él no conociera de mí y eso lograba irritarme. Quiero deshacerme de él, tiene que entenderlo. No quiero seguir jugando un juego inútil, sin valor alguno. Sin fin justo. 

-He bebido y me he inyectado más que nunca, pero esa no es la causa por la que quiero terminar contigo. Quiero suicidarme, Ian. Y tú y tu estúpido amor no dejan que lo haga con tranquilidad. Vete o escúchame gritar hasta que muera. 

-Asia, por favor, no te vayas. No me dejes solo. No podría seguir sin ti y lo sabes. ¿Quieres que muramos juntos?

En su voz se denotaba una gran desesperación. No quería que se preocupara. Quería que se fuera, que se alejara de mí.

-No, Ian. Esto es mío, solo mío. Yo quiero morir, porque este mundo no tiene nada que ofrecerme. Sí, solo a ti pero ya te he hecho suficiente. Ya no puedo seguir, no puedo mantener una vida inservible. Por favor, déjame sola. 

Llora. Sí, escuchó como solloza contra la puerta y yo me acerco a ella. Estampo mi oído contra esta y lo escucho llorar. Siento como derrama lágrimas por mí y eso me hace odiarme más y más. Presiono mi mano sobre la puerta, intentado disminuir la distancia que nos separa. Esto se vuelve más y más desolador. Quiero abrazarlo, susurrarle al oído que todo estará bien pero sé que si atravieso esa puerta, no volveré a pasar por ella. Y debo quedarme aquí, ahora. 

-Te amo. Lo sabes ¿verdad? 

-Sí, lo sé Ian. Y te amo a ti también, como nunca creí que iba a amar.
Solloza nuevamente y  siento que nuevas lágrimas recorren mi rostro. Duele, duele muchísimo. Quiero pedirle que no llore más, quiero rogarle nuevamente que se marche, que se olvide de lo que paso aquí. Quiero desearle una gran vida, estrecharlo contra mí y gritarle mil ‘te amo’. Quiero hacer todo eso en menos de un minuto pero, no logro decir nada… su voz me interrumpe. Su voz me corrompe. Me recuerda en que día estamos, me recuerda cual es el día en que decido morir. En que decido dejarlo. 

-Feliz 14 de febrero, Asia. Feliz día de los enamorados, mi amor.

viernes, 20 de enero de 2012

Desprenderme de mi alma.


Inhalo y exhalo muy lentamente, como si mis pulmones rechazaran el poco oxígeno que les ofrezco, como si percibieran de una extraña manera que de nada sirve seguir intentándolo. Y así es. En mi vida ya nada tiene sentido. Encontrarme aquí sentada me trae leves recuerdos: Yo zambulléndome entre un par de olas. Yo sonriendo de lado. Mi padre. Yo. Mi padre. Lucía. Amadeo. 

Me encuentro recostada en una de las grandes restingas donde las olas golpean ferozmente, produciéndome lentos escalofríos por toda mi anatomía. El aroma que se introduce por mis fosas nasales es más que reconocible: mucha sal, mucha agua, muchos peces, mucho suicidio. Me reacomodó en mi lugar para intentar intensificar ese aroma embriagador. Muchos desprecian el olor del puerto, el olor del mar y más que nada, el olor del suicidio inminente, sin embargo yo lo encuentro más que encantador.
 Mis ojos, hasta ahora sellados por una especie de orden se abren lentamente. Parpadeo unas cuantas veces a causa de la obnubilación que me produce el sol, allá, en lo alto del cielo, riéndose en mi cara, refregándome su intensa felicidad y mi gran desdicha.
No busco el suicidio como primera opción al inmediato arreglo de mi vida o de lo poco que queda de ella. Siempre fue así, siempre supe que me suicidaría. Cada mañana al despertarme buscaba y rebuscaba una sola razón por la cual levantarme, por la cual luchar contra la monotonía y nunca la encontré. Nunca tuve una vida demasiado complicada, nunca me falto nada, siempre todo en mi vida fue evidentemente correcto. Me casé con un hombre adinerado, causando gran envidia en mi círculo social, no solo por su dinero sino también por la belleza que emanaba ese ser por cada uno de sus poros. Tuve una hija, Lucía. Una pequeña rubia y de grandes ojos que miraban todo con gran devoción, como guardando cada imagen en su mente. Al quedar embarazada de ella supuse que mi vida se remendaría por arte de una magia un tanto rara. Creí que al tenerla entre mis brazos yo podría, quizás, sentir un amor que hasta ese momento nunca había sentido. Creí que lo que decían el resto de las madres era cierto: que un hijo te cambiaba para bien. Pero nada de eso pasó, al acunarla entre mis brazos la mire con frialdad, con decepción: no me había salvado, no pudo hacerlo y por lo tanto no servía para mí. No había despertado un céntimo de maternidad dentro mío, nada de eso. Me volví más fría, más calculadora y deje a la pequeña Lucía en manos de su padre y sus abuelos. Yo no quería saber más nada con nadie. Mi vida transcurrió así, sin más obstáculos que yo misma. Intentaba hacerme fracasar en todo momento; intentaba hacerme caer cada vez que pudiera así despertaba una valentía hasta ahora dormida, y lograba suicidarme de una vez y para siempre. Me producía rechazo verme en un espejo y saberme fracasada, una luchadora de guerra que nunca luchó con nadie, por nada. Sentía asco por mi misma desde el momento que me reconocí, que comprendí el por qué de todo. Yo.  Y si yo era el problema ¿quién más que yo podría encontrar una solución? La única respuesta evidente era la muerte, no cabía duda alguna. Debía morir y dejar a Lucía, a mi marido, a mis padres, a quién sea que me quería al menos un poco. Desprenderme. Y eso estoy haciendo ahora, sentada, mascullando por lo bajo, rodeada de vida pero sabiéndome muerta. Inundada de agua aunque esta no me tocase. Desde pequeña que siento cierta devoción por el mar, por el agua y esto siempre se lo planteaba a mi padre. El me decía que era digna de llamarme Alfonsina. Nunca le presté demasiada atención a esa respuesta, ya que mi padre solía ser enigmático. Luego de un tiempo de extensa maduración lo comprendí, más bien él logró explicarme uno de esos días de lluvia y café, que siempre le había gustado el nombre Alfonsina, que a mi madre nunca la convenció completamente  pero que él estaba dispuesto a llamarme así. ¿Por qué? Surgió urgentemente de mis labios. El era un gran lector. Amaba la poesía más de lo que amaba a su familia y le gustaba principalmente Alfonsina Storni. Yo le pregunté qué relación tenía mi atracción por el agua con un nombre proveniente de una escritora y él me miró con desdén e hizo caso omiso a mi ignorancia, respondiendo hábilmente que Alfonsina Storni se había suicido en el mar, lentamente, poéticamente. Como solo las personas de esa sabiduría podían morir. Allí mismo pude unir un cabo con unos tantos otros: yo debía morir así. Yo debía morir, simplemente, por mí propia decisión y no solo porque quién sea que creo toda esta maldita mierda lo decidiera.
Por eso me encuentro aquí. Por eso miro el mar expandirse en  todo su esplendor. Por eso miro hipnotizada como las olas rompen a mis pies desnudos. Por fin lo comprendí, por fin me doy cuenta de la misión de mi vida: hacer honor a mí nombre.
Creo que llegó la hora. Sumerjo un solo pie para comprobar que,  aunque estemos entrando en una primavera un tanto estable, el agua está helada. Me gusta esa sensación. Mi corazón late más fuerte, golpea las paredes que lo detienen, respondiendo altivamente que él también encuentra perfecta al agua. Camino un poco más, esquivando más piedras, intentando aventurarme más deprisa. Noto como una mueca parecida a una sonrisa pasa velozmente por mi rostro y comprendo que esto es lo que necesitaba mi alma: desprenderse, volar, salir de este cuerpo que la retiene. Y también comprendí que necesitaba yo: irme, volar lejos, tomar las riendas de mi vida manejable por primera vez. 
Seguí caminando y lentamente me despedí mentalmente de Lucía, de su padre, de mis padres, de mí misma. El agua me llegaba hasta la clavícula y sentí una paz indescriptible. Seguí avanzando y me dirigí directamente hacia el fondo, con entusiasmo, con unas ansías irreconocibles en mí. Mi pelo se enredaba cada tanto en tanto en mi brazo cada vez más inerte. Mi sonrisa seguía intacta y sentí como toda energía, como toda fuerza de emerger de estas aguas se extinguía, dejándome con mis decisiones bien plantadas. Mis pulmones cedían y creí sentir como podían llenarse de agua lentamente aunque seguramente estaba inconsciente. Mi cuerpo ya no me respondía pero mi alma estaba extasiada, agradecida. Cerré los ojos lentamente y me deje llevar por la corriente, intentando reconocer lo último que vería en mi corta vida: solo agua, solo mar, solo yo, sola. Y eso me hizo sentir exenta de culpabilidad.
Debo decir que morí por mí. Morí por la curiosidad que cosquilleaba en mi nuca por la muerte. Morí por las ansias de irme, de volar, de correr, de intentar otra cosa. Porque la muerte iba a llevarse mi vida con mi consentimiento. Y solo yo pude hacerlo, solo yo pude entender esa ansiedad inundarme todo el cuerpo y solo yo pude entender de que morir no es morir, si nunca viviste de verdad.