Nerea&Ariel
La oscuridad de la noche es perfecta, el reloj debe marcar cerca de las dos de la madrugada pero eso no me afecta en absoluto. Me encuentro sentaba al borde de un insípido plataforma, con mis par de pies colgando hacia las aguas tortuosas. Debo decir que tengo frío, la temperatura disminuye a la par de que los minutos venideros se tragan a los pasados. Intento calentar mis manos adentrándolas en los bolsillos de mi vieja campera y extraigo de ellos un cigarro desgastado. Busco, además, un encendedor y con él enciendo el cigarro y llevo la nicotina a mi boca reseca. Extraigo cada gramo de droga de aquel cigarro y exhalo lentamente el humo, eso me produce cierta calidez.
Recorro algunos tramos anteriores de mi existencia, porque… debo aclarar que ocupo un ligero lugar en el espacio, que robo cierta cantidad de oxígeno al resto de los habitantes, y eso me hace pensar que vivo. El respirar es como una advertencia de mi propio cuerpo. Quiere decirme ¡Eh, estás viva! Pero yo no quiero escucharlo. Mi cuerpo puede estar vivo, pero no mi mente.
Introduzco un falso boleto de tren y me subo a este. Viajo, recorro, atravieso de un extremo al otro una corta vida de diecisiete años, exactamente. Dejo que el viento acaricie cada facción de mi rostro, que despeine mi de por sí despeinado cabello.
En este viaje encuentro más muerte que vida, pero eso no me desalienta. Eso es hasta que aparece la fría imagen de Ariel. Sí, siempre el debe estar presente, en todo momento… eso logra fastidiarme.
Bajo lentamente de aquel locomotor y vuelvo a mi realidad: Me llamo Nerea, no importa mi apellido, lo único que quiero que sepan es que mi nombre es Nerea, que tengo diecisiete años, que me gustan los gatos, que vivo en las costas de una ciudad totalmente consumida y que amo odiosamente a Ariel.
Él dice que mi cabeza es complicada, que gráficamente podría definirse como un gran manojo de nudos entrecruzados por vaya a saber qué par de manos. Y sobre todo, él dice que no piensa desatar ningún nudo. Me habla siempre sobre ir a un psicólogo o hasta un psiquiatra pero cuando empieza a hablar de aquello, yo dejo de prestarle atención y me concentro en sus ojos verdes, en su nariz desproporcionada, en sus pequeños labios, en sus pecas y me pierdo, y cuesta buscarme después de aquel extravío. Creo que lo amo, eso dice mi corazón cuando logra hablar. Pero yo, más bien mi mente, dice que todo lo contrario. Que yo no amo, que yo no siento. La mayoría de las veces, me maneja un poco más ese musculo soberbio que aquel cerebro malgastado.
Creo necesitarlo y antes de pensarlo dos veces marco su número telefónico y subo mi móvil hasta mi oído derecho, esperando escuchar su voz. Me contesta a la tercera vez que le marco y con una voz un tanto somnolienta y cansada.
-¿Qué ocurre, Nerea? ¡Son casi las tres de la madrugada!
-Te necesito.
-¿Para eso llamas? Yo te he dicho que lo que tú necesitas es un buen psicólogo, un especialista…
- Estoy en la plataforma Irasú, la que va hacia San Antonio. ¿Vendrás?
-¡Son las tres de la madrugada! Claro que no iré.
-Dije que te necesito.
-No iré.
-Está bien. Lo comprendo. Solo debo aclararte que si no vienes, me suicidaré. Y va a ser tú el culpable, inevitablemente.
-No puedes hacerme esto, Nerea. ¡No puedes manipularme de esta forma y…
-Recuerda: plataforma Irasú, yendo hacia San Antonio.
Corto la llamada e inmediatamente Ariel vuelve a llamarme. Tiro el móvil desde donde creo estar y lo oigo caer a unos quince metros hacia el norte. Sonrío. Nunca me he llevado realmente bien con la tecnología.
En verdad, pequé. Mentí. No iba a matarme, claro que no. Los suicidas no van al Paraíso y yo deseo ir allí. Solo quiero que venga conmigo, pues lo necesito aquí ahora. Solo… manipulé un tanto a la verdad y a él también. Nada que algunos Padres Nuestros no reparen.
En verdad, pequé. Mentí. No iba a matarme, claro que no. Los suicidas no van al Paraíso y yo deseo ir allí. Solo quiero que venga conmigo, pues lo necesito aquí ahora. Solo… manipulé un tanto a la verdad y a él también. Nada que algunos Padres Nuestros no reparen.
Mi cabeza da vueltas y vueltas. Me imagino sentada en un unicornio de metal en un carrusel legumbre. Vueltas y vueltas. Hacia la izquierda, luego hacia la derecha y así sucesivamente. Mis ojos se abren y se cierra; mis manos van de un lado al otro, al compas de una melodía traviesa. Escucho una voz interrumpir la melodía, me llama, me invita a ir con ella. Yo creo que no quiero ir, no quiero escaparme, pero la voz es insistente. Me pide que abra los ojos, que reaccione. ¡Eso es imposible! Ya los tengo abiertos, quiero responderle pero no hace falta alguna. De repente el viejo carrusel, la melodía insinuante, la plaza céntrica carente de vida humana excepto por mí y las vueltas insistentes son acopladas por algo más destructor, más potente, más cruel llamada realidad.
En esa realidad soy zarandeada por un joven de ojos verdes olivos que con desesperación grita mi nombre a los cuatro vientos. Lo reconozco como Ariel. Mi salvador. Mi amor. ¿Por qué tanta preocupación? Aquí estoy, viva o eso creo. Ya puedes besar a la novia - dice una voz dentro de mi mente retorcida.
-¡Nerea!
-Ese es mi nombre.
-¡¿Qué has hecho?! ¿Qué has bebido?
-Había solo unas botellas dentro de la nevera, eran transparente. ¿Qué más da? No estoy ebria.
-¡¿Cuántas has bebido?! Ya… no importa. Vamos a ir al hospital, yo te llevaré. Te internaré.
-¡Viniste! Eso puede insinuar que te intereso… o que quieres tener la consciencia muy limpia, transparente como el líquido de las botellas que he bebido.
-Un poco de ambas.
-Dime la verdad.
Quiero escuchar que me ama, que sin mí no podría vivir un solo día, que vino hasta aquí solo por eso. Eso quiero, debo, tengo que escuchar.
-No la quieres saber.
-Dímela, Ariel.
-Es que… ¡Mírate, Nerea! No eres ni la sombra de la niña que he conocido hace algunos años. Estás desmejorada y además… loca. Sí, desquiciada.
-Pero aquí debes decir que me amas, no eso.
-No es un estúpido cuento de los tantos que has escrito, Nerea. Esto es la realidad, observa a tu alrededor.
Levanta sus dos brazos y toda su anatomía forma una perfecta cruz. Sus ojos destellan algo indefinible. Algo oscuro, siniestro y que temo que no quiero saber que es. Abro mis brazos de par en par y me abalanzo sobre él. Él tastabilla pero no me sostiene. Sigue en su misma posición. Lleno de besos su joven rostro, le robo un fugaz beso de sus labios y sonrío. Abro mis ojos dispuesta a encontrarme con una sonrisa pero sus facciones siguen serias, rígidas, imperturbables. Mi rostro trasluce un gran signo de interrogación. Lo suelto y camino unos pasos hacia atrás, intentando reconocerlo pero sin llegar a hacerlo realmente. Mi rostro denota una gran sorpresa. Me encuentro estupefacta.
-¡¿De qué me sirve mi realidad si tú no estás en ella?! Al menos en mis fantasías te encuentras siempre a mi lado.
-La realidad es lo que verdad cuenta. Tus fantasías son ilusiones que tarde o temprano se romperán por sí solas, Nerea.
-Estar contigo no es una ilusión ¿verdad?
-Sí, lo es.
-¿Qué quieres decir? ¡En ellas también me amas!
-Que en nuestra realidad, en el aquí y en el ahora… yo no te amo.
Me golpea cual viento helado en medio de una tarde cálida. Sé que esto dolerá más tarde. Pero por ahora, solo doy media vuelta y me echo a correr.
Quiero aclarar que este será el primer capítulo de una serie de escritos titulado 'Enamorados del odio' en el que el texto con este mismo nombre, también participará.
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