Inhalo y exhalo muy lentamente, como si mis pulmones rechazaran el poco oxígeno que les ofrezco, como si percibieran de una extraña manera que de nada sirve seguir intentándolo. Y así es. En mi vida ya nada tiene sentido. Encontrarme aquí sentada me trae leves recuerdos: Yo zambulléndome entre un par de olas. Yo sonriendo de lado. Mi padre. Yo. Mi padre. Lucía. Amadeo.
Me encuentro recostada en una de las grandes restingas donde las olas golpean ferozmente, produciéndome lentos escalofríos por toda mi anatomía. El aroma que se introduce por mis fosas nasales es más que reconocible: mucha sal, mucha agua, muchos peces, mucho suicidio. Me reacomodó en mi lugar para intentar intensificar ese aroma embriagador. Muchos desprecian el olor del puerto, el olor del mar y más que nada, el olor del suicidio inminente, sin embargo yo lo encuentro más que encantador.
Mis ojos, hasta ahora sellados por una especie de orden se abren lentamente. Parpadeo unas cuantas veces a causa de la obnubilación que me produce el sol, allá, en lo alto del cielo, riéndose en mi cara, refregándome su intensa felicidad y mi gran desdicha.
No busco el suicidio como primera opción al inmediato arreglo de mi vida o de lo poco que queda de ella. Siempre fue así, siempre supe que me suicidaría. Cada mañana al despertarme buscaba y rebuscaba una sola razón por la cual levantarme, por la cual luchar contra la monotonía y nunca la encontré. Nunca tuve una vida demasiado complicada, nunca me falto nada, siempre todo en mi vida fue evidentemente correcto. Me casé con un hombre adinerado, causando gran envidia en mi círculo social, no solo por su dinero sino también por la belleza que emanaba ese ser por cada uno de sus poros. Tuve una hija, Lucía. Una pequeña rubia y de grandes ojos que miraban todo con gran devoción, como guardando cada imagen en su mente. Al quedar embarazada de ella supuse que mi vida se remendaría por arte de una magia un tanto rara. Creí que al tenerla entre mis brazos yo podría, quizás, sentir un amor que hasta ese momento nunca había sentido. Creí que lo que decían el resto de las madres era cierto: que un hijo te cambiaba para bien. Pero nada de eso pasó, al acunarla entre mis brazos la mire con frialdad, con decepción: no me había salvado, no pudo hacerlo y por lo tanto no servía para mí. No había despertado un céntimo de maternidad dentro mío, nada de eso. Me volví más fría, más calculadora y deje a la pequeña Lucía en manos de su padre y sus abuelos. Yo no quería saber más nada con nadie. Mi vida transcurrió así, sin más obstáculos que yo misma. Intentaba hacerme fracasar en todo momento; intentaba hacerme caer cada vez que pudiera así despertaba una valentía hasta ahora dormida, y lograba suicidarme de una vez y para siempre. Me producía rechazo verme en un espejo y saberme fracasada, una luchadora de guerra que nunca luchó con nadie, por nada. Sentía asco por mi misma desde el momento que me reconocí, que comprendí el por qué de todo. Yo. Y si yo era el problema ¿quién más que yo podría encontrar una solución? La única respuesta evidente era la muerte, no cabía duda alguna. Debía morir y dejar a Lucía, a mi marido, a mis padres, a quién sea que me quería al menos un poco. Desprenderme. Y eso estoy haciendo ahora, sentada, mascullando por lo bajo, rodeada de vida pero sabiéndome muerta. Inundada de agua aunque esta no me tocase. Desde pequeña que siento cierta devoción por el mar, por el agua y esto siempre se lo planteaba a mi padre. El me decía que era digna de llamarme Alfonsina. Nunca le presté demasiada atención a esa respuesta, ya que mi padre solía ser enigmático. Luego de un tiempo de extensa maduración lo comprendí, más bien él logró explicarme uno de esos días de lluvia y café, que siempre le había gustado el nombre Alfonsina, que a mi madre nunca la convenció completamente pero que él estaba dispuesto a llamarme así. ¿Por qué? Surgió urgentemente de mis labios. El era un gran lector. Amaba la poesía más de lo que amaba a su familia y le gustaba principalmente Alfonsina Storni. Yo le pregunté qué relación tenía mi atracción por el agua con un nombre proveniente de una escritora y él me miró con desdén e hizo caso omiso a mi ignorancia, respondiendo hábilmente que Alfonsina Storni se había suicido en el mar, lentamente, poéticamente. Como solo las personas de esa sabiduría podían morir. Allí mismo pude unir un cabo con unos tantos otros: yo debía morir así. Yo debía morir, simplemente, por mí propia decisión y no solo porque quién sea que creo toda esta maldita mierda lo decidiera.
Por eso me encuentro aquí. Por eso miro el mar expandirse en todo su esplendor. Por eso miro hipnotizada como las olas rompen a mis pies desnudos. Por fin lo comprendí, por fin me doy cuenta de la misión de mi vida: hacer honor a mí nombre.
Creo que llegó la hora. Sumerjo un solo pie para comprobar que, aunque estemos entrando en una primavera un tanto estable, el agua está helada. Me gusta esa sensación. Mi corazón late más fuerte, golpea las paredes que lo detienen, respondiendo altivamente que él también encuentra perfecta al agua. Camino un poco más, esquivando más piedras, intentando aventurarme más deprisa. Noto como una mueca parecida a una sonrisa pasa velozmente por mi rostro y comprendo que esto es lo que necesitaba mi alma: desprenderse, volar, salir de este cuerpo que la retiene. Y también comprendí que necesitaba yo: irme, volar lejos, tomar las riendas de mi vida manejable por primera vez.
Seguí caminando y lentamente me despedí mentalmente de Lucía, de su padre, de mis padres, de mí misma. El agua me llegaba hasta la clavícula y sentí una paz indescriptible. Seguí avanzando y me dirigí directamente hacia el fondo, con entusiasmo, con unas ansías irreconocibles en mí. Mi pelo se enredaba cada tanto en tanto en mi brazo cada vez más inerte. Mi sonrisa seguía intacta y sentí como toda energía, como toda fuerza de emerger de estas aguas se extinguía, dejándome con mis decisiones bien plantadas. Mis pulmones cedían y creí sentir como podían llenarse de agua lentamente aunque seguramente estaba inconsciente. Mi cuerpo ya no me respondía pero mi alma estaba extasiada, agradecida. Cerré los ojos lentamente y me deje llevar por la corriente, intentando reconocer lo último que vería en mi corta vida: solo agua, solo mar, solo yo, sola. Y eso me hizo sentir exenta de culpabilidad.
Debo decir que morí por mí. Morí por la curiosidad que cosquilleaba en mi nuca por la muerte. Morí por las ansias de irme, de volar, de correr, de intentar otra cosa. Porque la muerte iba a llevarse mi vida con mi consentimiento. Y solo yo pude hacerlo, solo yo pude entender esa ansiedad inundarme todo el cuerpo y solo yo pude entender de que morir no es morir, si nunca viviste de verdad.
Mis ojos, hasta ahora sellados por una especie de orden se abren lentamente. Parpadeo unas cuantas veces a causa de la obnubilación que me produce el sol, allá, en lo alto del cielo, riéndose en mi cara, refregándome su intensa felicidad y mi gran desdicha.
No busco el suicidio como primera opción al inmediato arreglo de mi vida o de lo poco que queda de ella. Siempre fue así, siempre supe que me suicidaría. Cada mañana al despertarme buscaba y rebuscaba una sola razón por la cual levantarme, por la cual luchar contra la monotonía y nunca la encontré. Nunca tuve una vida demasiado complicada, nunca me falto nada, siempre todo en mi vida fue evidentemente correcto. Me casé con un hombre adinerado, causando gran envidia en mi círculo social, no solo por su dinero sino también por la belleza que emanaba ese ser por cada uno de sus poros. Tuve una hija, Lucía. Una pequeña rubia y de grandes ojos que miraban todo con gran devoción, como guardando cada imagen en su mente. Al quedar embarazada de ella supuse que mi vida se remendaría por arte de una magia un tanto rara. Creí que al tenerla entre mis brazos yo podría, quizás, sentir un amor que hasta ese momento nunca había sentido. Creí que lo que decían el resto de las madres era cierto: que un hijo te cambiaba para bien. Pero nada de eso pasó, al acunarla entre mis brazos la mire con frialdad, con decepción: no me había salvado, no pudo hacerlo y por lo tanto no servía para mí. No había despertado un céntimo de maternidad dentro mío, nada de eso. Me volví más fría, más calculadora y deje a la pequeña Lucía en manos de su padre y sus abuelos. Yo no quería saber más nada con nadie. Mi vida transcurrió así, sin más obstáculos que yo misma. Intentaba hacerme fracasar en todo momento; intentaba hacerme caer cada vez que pudiera así despertaba una valentía hasta ahora dormida, y lograba suicidarme de una vez y para siempre. Me producía rechazo verme en un espejo y saberme fracasada, una luchadora de guerra que nunca luchó con nadie, por nada. Sentía asco por mi misma desde el momento que me reconocí, que comprendí el por qué de todo. Yo. Y si yo era el problema ¿quién más que yo podría encontrar una solución? La única respuesta evidente era la muerte, no cabía duda alguna. Debía morir y dejar a Lucía, a mi marido, a mis padres, a quién sea que me quería al menos un poco. Desprenderme. Y eso estoy haciendo ahora, sentada, mascullando por lo bajo, rodeada de vida pero sabiéndome muerta. Inundada de agua aunque esta no me tocase. Desde pequeña que siento cierta devoción por el mar, por el agua y esto siempre se lo planteaba a mi padre. El me decía que era digna de llamarme Alfonsina. Nunca le presté demasiada atención a esa respuesta, ya que mi padre solía ser enigmático. Luego de un tiempo de extensa maduración lo comprendí, más bien él logró explicarme uno de esos días de lluvia y café, que siempre le había gustado el nombre Alfonsina, que a mi madre nunca la convenció completamente pero que él estaba dispuesto a llamarme así. ¿Por qué? Surgió urgentemente de mis labios. El era un gran lector. Amaba la poesía más de lo que amaba a su familia y le gustaba principalmente Alfonsina Storni. Yo le pregunté qué relación tenía mi atracción por el agua con un nombre proveniente de una escritora y él me miró con desdén e hizo caso omiso a mi ignorancia, respondiendo hábilmente que Alfonsina Storni se había suicido en el mar, lentamente, poéticamente. Como solo las personas de esa sabiduría podían morir. Allí mismo pude unir un cabo con unos tantos otros: yo debía morir así. Yo debía morir, simplemente, por mí propia decisión y no solo porque quién sea que creo toda esta maldita mierda lo decidiera.
Por eso me encuentro aquí. Por eso miro el mar expandirse en todo su esplendor. Por eso miro hipnotizada como las olas rompen a mis pies desnudos. Por fin lo comprendí, por fin me doy cuenta de la misión de mi vida: hacer honor a mí nombre.
Creo que llegó la hora. Sumerjo un solo pie para comprobar que, aunque estemos entrando en una primavera un tanto estable, el agua está helada. Me gusta esa sensación. Mi corazón late más fuerte, golpea las paredes que lo detienen, respondiendo altivamente que él también encuentra perfecta al agua. Camino un poco más, esquivando más piedras, intentando aventurarme más deprisa. Noto como una mueca parecida a una sonrisa pasa velozmente por mi rostro y comprendo que esto es lo que necesitaba mi alma: desprenderse, volar, salir de este cuerpo que la retiene. Y también comprendí que necesitaba yo: irme, volar lejos, tomar las riendas de mi vida manejable por primera vez.
Seguí caminando y lentamente me despedí mentalmente de Lucía, de su padre, de mis padres, de mí misma. El agua me llegaba hasta la clavícula y sentí una paz indescriptible. Seguí avanzando y me dirigí directamente hacia el fondo, con entusiasmo, con unas ansías irreconocibles en mí. Mi pelo se enredaba cada tanto en tanto en mi brazo cada vez más inerte. Mi sonrisa seguía intacta y sentí como toda energía, como toda fuerza de emerger de estas aguas se extinguía, dejándome con mis decisiones bien plantadas. Mis pulmones cedían y creí sentir como podían llenarse de agua lentamente aunque seguramente estaba inconsciente. Mi cuerpo ya no me respondía pero mi alma estaba extasiada, agradecida. Cerré los ojos lentamente y me deje llevar por la corriente, intentando reconocer lo último que vería en mi corta vida: solo agua, solo mar, solo yo, sola. Y eso me hizo sentir exenta de culpabilidad.
Debo decir que morí por mí. Morí por la curiosidad que cosquilleaba en mi nuca por la muerte. Morí por las ansias de irme, de volar, de correr, de intentar otra cosa. Porque la muerte iba a llevarse mi vida con mi consentimiento. Y solo yo pude hacerlo, solo yo pude entender esa ansiedad inundarme todo el cuerpo y solo yo pude entender de que morir no es morir, si nunca viviste de verdad.
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