martes, 27 de diciembre de 2011

La oscuridad que me dejaste.



-Alba, por favor, come un poco. Estás demasiado debilitada, tu cuerpo carece de energía y para pasar este mal momento, necesitas de ella. Uno de estos días podemos ir a rehabilitación, yo te acompañare… 

La voz de mi madre se transforma en un eco dentro de mi cabeza,  tal como si fuese una música extraña de fondo, allá, a lo lejos.
No quiero hacer más que quedarme donde estoy, en mi cama -en nuestra cama-, esperando que el venga y que me diga que todo va a estar bien. Que nada de esto pasó, que solo fue una broma de las tantas que siempre me hizo. Reiremos juntos, bailaremos juntos, cocinaremos juntos y todo esto quedará en el olvido.

Hace más de dos días que estoy en el mismo sitio, recordando, ahogándome en recuerdos turbios. Solo quiero inyectarme pero mi madre me está controlando mucho desde que él… desde que pasó lo que pasó. No deja saciarme siquiera un poco, me intenta cuidar la mayoría del tiempo, me abruma. A Dante no le hubiese gustado ni un poco que  ella este en nuestro apartamento. Nunca se llevaron bien, ella siempre decía que mi vida se había vuelto un caos desde que él había aparecido en ella. Que equivocada estaba… 

-Hija, por favor, levántate. Tu padre y yo estamos desesperados, no puedes quedarte toda tu vida así.

-Obsérvame.

-Alba, hija, por favor. Seguramente Dante hubiese querido que tú estuvieses bien y… 

-No te atrevas a hablar de Dante como si lo conocieses enfrente de mí. Tú menos que nadie sabrías que era lo que  quería él para mí. 

-¡Por todos los santos, hija! No puedes defenderlo de esta forma. Casi te mata a ti también… Esa sobredosis y… y, tú estabas igual. Por poco… 

-Me hubiese hecho un favor, Ana. ¿Qué razón tenía yo para vivir más que él?

Mi madre comenzó a llorar. Sabía que cuando la llamaba por su nombre de pila todo estaba realmente perdido. Me miró suplicante, pero yo solo atiné a desviar la mirada.

-¿Qué haría yo entonces? ¿Acaso no piensas en mí? Yo puedo cuidarte también, si tan solo me dejaras… 

-¿Sabes qué, madre?  -Dije ignorando lo que había comenzado a decir. Inconscientemente se me había dibujo un mueca parecida a una sonrisa -Dante y yo siempre viajábamos de noche. El decía que no hay nada más placentero que mirar el amanecer viajando, y tenía toda la razón. Siempre veía la carretera y estaba totalmente oscura pero, por lo contrario, no tenía miedo; de ser así me faltaba mirar hacia mi costado y tenerlo a mí lado. Eso era todo lo que yo pedía.

-Sí quieres podemos viajar. Claro, eso estaría bien. Renovar este aire tenso y…

-Ese no es el punto.

-¿Entonces, Alba?

-Lo que quiero decir, es que me dejó en un camino aún más oscuro que el de aquellas carreteras. No veo nada, todo es incierto. Y, por primera vez, tengo miedo. 

-¿Por qué tienes miedo, hija? Aquí estoy yo y tu padre, tu… 

-Tengo miedo porque él dejo de estar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Sí estas acá es porque leíste algún escrito. Así que, pasa, sentate y contame tu opinión.