jueves, 27 de octubre de 2011

Ahogada en sus recuerdos.


Estoy sola y lo único que hago es caminar. Camino sin un rumbo fijo, sin una meta de llegada, sin un lugar a dónde ir.  Y mientras camino, llueve. Las gotas resbalan sobre mi rostro inexpresivo. Mis conflictos siguen merodeando en mi cabeza, siguen bloqueando la entrada de nuevas soluciones, de nuevos métodos, hasta de nuevos problemas.
Cruzo la avenida y me siento aún más sola: siquiera un auto pasa por aquella calle desolada.
Al atravesarla, escucho los primeros ruidos en varias horas y creo que provienen de la alcantarilla. Intento acercarme para escuchar mejor pero no lo logro, así que decido abrirla. No se escucha más nada, todo es de un color negro espeso y no hay ni un haz de luz. Me acerco un poco más y siento que algún tipo de fuerza me empuja hacia adentro.

Mis ojos están totalmente cerrados. No quiero abrirlos por miedo a lo que me encuentre allí. Lo único que detecta vaya a saber qué sentido, es que estoy cayendo lentamente por alguna especie de túnel. Ya puedo sentir el dolor próximo que se avecina cuando termine de caer.
Finalmente creo sentir que terminé de caer, pero por lo contrario, no dolió en absoluto. Solo me zambullí en una especie de líquido. Abro rápidamente los ojos y sigo encontrando la nada misma. Todo es negro, densamente negro y distingo esta especie de fuente salada solo porque creo estar mojada de pies a cabeza.
No escucho ni veo nada y eso me decepciona. Siquiera puedo tener miedo y eso es lo peor.
A lo lejos algo se acerca… no sé qué o quién es pero está completamente iluminado. Una luz individual que no ilumina más nada. Solo a él.
Se acerca lentamente y me asusta no encontrar su cara, es una imagen borrosa a diferencia del resto de su cuerpo. Sus pasos me torturan, me asustan, me dan escalofríos, me resultan demasiados familiares. 

-¿Quién eres? – Pregunto sacando fuerzas de no sé donde, mostrando mi fortaleza externa. 

-La verdadera pregunta es ¿quién soy para ti? ¿Existo? 

-No me gustan los acertijos. No te conozco y no me interesa hacerlo. 

-Piensa en voz alta ¿quién crees que soy?

-Me recuerdas a alguien pero eso es… imposible ¿cierto?

-Para nada, mi amor.

-Quiero irme. Exijo irme.

-No estás en poder de exigir absolutamente nada, Valentina.

-¿A no? Me voy por mi cuenta, entonces.

De pronto, por arte de una magia un tanto oscura suena pausadamente un vals. Sí, así es: un vals. No de los que bailan las niñas en sus cumpleaños de quinces. No, un vals tenebroso, que me eriza la piel.
Esa especie de sombra me toma de la cintura y me sube con él. Estamos arriba de lo que es la fuente de agua salada. Quiero soltarme pero tiene más fuerza de la que parece a simple vista. Me obliga a bailar con él, me ínsita a  seguir esa danza. Teniéndolo cerca puedo reconocerlo mejor. Era él, mejor dicho, la sombra  de lo que fue en algún momento.
Quiero parar de bailar, quiero llorar. Este lugar es una mezcla de mi pasado y mi presente.
A lo lejos escucho voces, mejor dicho, ecos de voces familiares. Dicen insultos, me insultan a mí.
Quiero llorar, quiero irme y se lo hago saber pero él sigue sosteniéndome. Sigue bailando y obligándome a que yo lo haga también.
Al fin el vals termina y a él se le dibuja una mueca rara en su rostro borroso. Quiero alejarme porque logró asustarme pero no puedo. 

-¿Qué es este lugar? ¡Quiero irme inmediatamente!

-¿No lo reconoces? Tú sabes que es. Mira a tu alrededor. Esa pileta de agua salada representa todas tus lágrimas hasta ahora. Esas voces son todas las peleas que tuviste. Este color negro espeso es como tú ves tu propia vida. Y yo… No, eso dímelo tú ¿quién soy? 

-No existes en mi vida. Ya no, Andrés. 

-Olvídame, entonces. 

-¡No puedo! – Grito de pronto- Tú sabes que no puedo. 

-Hazlo ya, Valentina.

Mis lágrimas hacen que el agua de la fuente aumente en sobre manera, me llega a las rodillas y me asusta demasiado.

-¿No puedes olvidarme o no quieres?

-Claro que quiero. Quiero olvidarte, quiero odiarte, quiero matarte en mi mente, quiero borrarte. 

-¿Entonces?

- No puedo, Andrés, no puedo.

-Claro que puedes ¡Vamos, olvídame!

Se transforma en alguien violento, lleno de ira, irradia rabia por todos sus poros. Recorre el corto tramo que nos separa. Me sujeta fuertemente y lloro desconsolada.

-No puedo, por favor, suéltame. 

-Entonces, sí no puedes… bienvenida a tu pasado. 

Y me ahogó. Simplemente me ahogó.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Sí estas acá es porque leíste algún escrito. Así que, pasa, sentate y contame tu opinión.